Ventiladores gigantes, módulos alineados sobre la roca islandesa, carbono destinado a quedar inmovilizado bajo tierra: la captura directa de CO₂ del aire ya tiene sus imágenes emblemáticas. Con Climeworks, la idea de limpiar la atmósfera ha salido del laboratorio. Queda una pregunta menos fotogénica: ¿cuántas toneladas se eliminan realmente, con qué gasto energético y a qué precio? Una planta inaugurada todavía no equivale a un resultado climático.
De cara a septiembre de 2026, la credibilidad del sector se jugará en esa diferencia. Este análisis se basa en los hechos documentados hasta junio de 2024; los acontecimientos posteriores se plantean como perspectivas, no como un balance confirmado de las operaciones en 2026.
En Islandia, una promesa convertida en infraestructura
En septiembre de 2021, Climeworks inauguró Orca, cerca de la central geotérmica de Hellisheiði. Su capacidad nominal anunciada: 4 000 toneladas de CO₂ al año. En mayo de 2024, la empresa suiza abrió Mammoth, también en Islandia, con una capacidad de diseño anunciada de hasta 36 000 toneladas anuales una vez completado el despliegue de la instalación. El cambio de escala es tangible: más colectores, tuberías y equipos de tratamiento.
El principio parece sencillo. Unos ventiladores hacen pasar el aire por un material que retiene el CO₂. Una vez saturado este material, el módulo se cierra y se calienta para liberar un gas concentrado. El socio islandés Carbfix se encarga después de su inyección: disuelto en agua, el CO₂ se introduce en formaciones basálticas donde las reacciones químicas permiten su mineralización.
Esta cadena combina, por tanto, dos actividades distintas: extraer el carbono de la atmósfera y almacenarlo de forma duradera. Lograr lo primero no garantiza automáticamente lo segundo. Y las capacidades anunciadas de Orca o Mammoth no constituyen ni registros de producción anual ni certificados de eliminación neta.
Tres indicadores que ya no deben confundirse
Para interpretar los anuncios del sector, hay que separar tres magnitudes. La capacidad nominal describe lo que una instalación está diseñada para lograr en determinadas condiciones. La captura bruta mide lo que extrae efectivamente del aire. La eliminación neta duradera corresponde al carbono almacenado, una vez descontadas las emisiones generadas por toda la cadena.
- Capacidad anunciada: una característica de diseño que depende del despliegue y de las hipótesis de funcionamiento.
- Volumen capturado: un resultado operativo afectado por las paradas, el mantenimiento y el rendimiento de los materiales.
- Eliminación neta verificada: el beneficio climático tras contabilizar las emisiones y verificar el almacenamiento.
Mammoth ilustra la importancia de esta distinción. Su inauguración en mayo de 2024 marcaba una puesta en servicio progresiva, no la demostración de un año completo a 36 000 toneladas. Multiplicar una capacidad teórica por el número de años transcurridos daría, por tanto, un resultado engañoso. También en el caso de Orca, solo una serie de datos operativos comparables permitiría medir la distancia entre lo prometido y lo entregado.
Climeworks ya había anunciado en enero de 2023 las primeras entregas de eliminaciones certificadas a clientes, entre ellos Microsoft, Stripe y Shopify, con una verificación independiente de DNV. Fue un paso importante. Pero la certificación de una entrega no informa, por sí sola, sobre la producción total de una planta, su tasa de utilización o su coste industrial.
La energía, primera prueba decisiva
El desafío radica, ante todo, en la dilución. El CO₂ representa apenas alrededor del 0,04 % del aire: para recuperar una tonelada, hay que tratar un volumen inmenso de gas. Los ventiladores consumen electricidad. La regeneración de los filtros requiere calor. A ello se suman el tratamiento del gas, su transporte y su almacenamiento.
Islandia ofrece un entorno favorable gracias a su geotermia, que suministra calor y electricidad con emisiones de carbono relativamente bajas. Esta ubicación hace que la demostración resulte más convincente desde el punto de vista climático. Sin embargo, no demuestra que el modelo pueda reproducirse en cualquier lugar con el mismo balance. Una instalación alimentada con energía de altas emisiones podría perder gran parte de su utilidad.
También hay que examinar el uso alternativo de esa energía. Un recurso bajo en carbono no está necesariamente disponible sin restricciones. En otro contexto, podría descarbonizar la calefacción, sustituir la generación eléctrica fósil o abastecer a una industria existente. El cálculo adecuado no debe centrarse únicamente en la energía consumida, sino también en las emisiones que esta habría permitido evitar con otros usos.
Por ello, los futuros proyectos deberán publicar por separado sus necesidades de electricidad y calor, precisar las temperaturas requeridas y documentar sus fuentes de suministro. Un dato de consumo global, sin esos detalles, dice poco sobre la viabilidad local. La disponibilidad de agua y las características del subsuelo también cuentan: el modelo islandés no es una receta universal.
Un precio de venta no es un coste industrial
La captura directa sigue siendo cara. Las ofertas y estimaciones públicas disponibles antes de mediados de 2024 situaban con frecuencia la eliminación duradera en cientos de dólares por tonelada, o incluso más, según los contratos y los procesos. Sin embargo, estos importes no son directamente comparables: algunos incluyen el almacenamiento, la verificación y un margen, mientras que otros describen solo una etapa técnica.
Las compras anticipadas de grandes empresas respaldan las primeras instalaciones. Financian el aprendizaje y dan visibilidad comercial a los promotores. Pero un contrato por toneladas futuras no demuestra que estas ya se hayan eliminado ni que su coste de producción esté bajo control. La cartera de pedidos y el registro de eliminaciones deben seguir siendo dos documentos distintos.
Para reducir la factura, Climeworks y sus competidores apuestan por mejores materiales, equipos estandarizados y ciclos de funcionamiento optimizados. Esta trayectoria es plausible, pero no está garantizada. Los ahorros logrados en los colectores pueden quedar absorbidos por los gastos de energía, la sustitución de filtros, la financiación o las infraestructuras de almacenamiento.
La transparencia como condición para crecer
Un cuadro de indicadores creíble debería presentar, para cada planta y cada año, la captura bruta, el almacenamiento efectivamente realizado, las emisiones del ciclo de vida y las eliminaciones netas certificadas. También debería señalar los periodos de parada, los cambios de metodología y la proporción de capacidad realmente disponible. Sin ello, las comparaciones seguirán dominadas por los comunicados de inauguración.
Esta exigencia no resta valor a la utilidad potencial de la captura directa. Los trabajos del IPCC reconocen un papel a las eliminaciones de CO₂ para compensar determinadas emisiones residuales y, según las trayectorias, reducir después la concentración atmosférica. No justifican convertirlas en un sustituto de la reducción rápida de las emisiones. Miles de toneladas eliminadas no neutralizan una economía basada en los combustibles fósiles.
¿Y ahora qué? A partir de septiembre de 2026, la prueba decisiva debería ser la publicación periódica de resultados comparables: toneladas netas entregadas, energía utilizada y costes documentados. Si las instalaciones mejoran simultáneamente su disponibilidad y su eficiencia, el sector podrá consolidar su posición. De lo contrario, la brecha entre ambición y rendimiento obligará a revisar los calendarios. El carbono eliminado debe convertirse en un dato verificable, y no seguir siendo una promesa industrial.