Es un pulso que podría rediseñar los contornos de la economía creativa. Desde la explosión de ChatGPT y de Midjourney, la tensión no deja de aumentar entre los gigantes de la tecnología y los titulares de derechos. En el centro del litigio: el web scraping, esta práctica consistente en absorber miles de millones de datos, imágenes y textos para entrenar los modelos de lenguaje sin el consentimiento explícito de los autores originales.
La ambigüedad jurídica del TDM
Hasta ahora, las empresas de Silicon Valley se basaban en excepciones relacionadas con la minería de textos y datos (TDM – Text and Data Mining). En Europa, la directiva sobre derechos de autor de 2019 autoriza esta práctica para fines de investigación o si los titulares de derechos no han expresado explícitamente su negativa. Pero esta regulación, pensada antes del tsunami de la IA generativa, muestra sus límites.
Los creadores denuncian hoy una explotación comercial abusiva. El principio es simple: si una IA puede generar una ilustración “al estilo de” sin remunerar al artista cuyo estilo ha ingerido, se trata de una competencia desleal alimentada por el trabajo ajeno. La justicia empieza a estudiar la cuestión, con varias denuncias presentadas en Francia y Alemania por sindicatos de fotógrafos y agencias de prensa.
La AI Act: una primera respuesta europea
Ante este malestar, el nuevo reglamento europeo sobre la IA (AI Act) intenta aportar una primera capa de regulación. El texto impone ahora obligaciones de transparencia a los proveedores de modelos de IA de uso general. Deberán, en particular:
- Publicar un resumen detallado de los contenidos utilizados para el entrenamiento.
- Implementar políticas para respetar el derecho de autor europeo.
- Facilitar el ejercicio del derecho de oposición (el opt-out) para los creadores.
Sin embargo, el diablo está en los detalles. ¿Cómo verificar la presencia de una obra en una base de datos que contiene petabytes de información? Las técnicas de watermarking (marca de agua digital) progresan, pero su eficacia sigue siendo cuestionada frente a las capacidades de transformación de los algoritmos.
¿Hacia un nuevo modelo de licencia?
La industria se orienta progresivamente hacia un modelo contractual. Grupos de prensa como Le Monde o Axel Springer ya han firmado acuerdos directos con OpenAI. Estas alianzas permiten a los editores percibir regalías a cambio del uso de sus archivos. Para los pequeños creadores independientes, la situación es más compleja. El riesgo es ver emerger un mercado de dos velocidades donde solo los grandes grupos logran monetizar sus datos.
La regulación deberá, por tanto, resolver una cuestión tanto filosófica como técnica: ¿es el resultado de un modelo de IA una obra derivada o una creación original? De la respuesta de los tribunales europeos dependerá la supervivencia de muchos sectores culturales. Para 24h00.info, está claro que 2024 será el año de la jurisprudencia: el tiempo de la experimentación salvaje llega a su fin, dejando paso al de la responsabilidad jurídica.

