Un colgante que escucha, unas gafas que describen una escena, un frigorífico que sugiere la cena: en el CES de Las Vegas, casi cualquier objeto puede presumir ya de una inteligencia adicional. Pero entre la demostración y el día a día, una pregunta persiste: ¿qué aporta realmente esta IA una vez agotada la batería, cobrada la suscripción y enviados los datos a la nube? De cara a septiembre de 2026, es en este terreno donde se juega la credibilidad de estos dispositivos.
Este análisis se basa en productos y acontecimientos documentados, especialmente en torno al CES 2024, y en los primeros reveses comerciales de esta generación de dispositivos. Las perspectivas para septiembre de 2026 se presentan como tales: no se trata de una crónica de los anuncios de la edición de 2026.
La demostración aún no equivale a un uso real
El CES destaca en un ejercicio: hacer deseable un futuro en pocos minutos. Se plantea una pregunta, el dispositivo la entiende y aparece una respuesta. Pero una demostración controlada no revela cómo se comporta en un metro ruidoso, ante un acento inesperado, con una conexión deficiente o con varias personas hablando. Tampoco muestra cuántas correcciones hacen falta para completar una tarea.
Presentado en el CES 2024, el rabbit r1 encarnaba esa promesa de un asistente independiente del teléfono inteligente, capaz de simplificar el acceso a servicios. Su lanzamiento comercial suscitó después numerosas críticas por sus limitaciones y su fiabilidad. El problema va más allá de este producto: un dispositivo especializado debe justificar su existencia frente al teléfono que ya llevamos en el bolsillo. Una interfaz de voz atractiva no basta si añade otra batería que cargar y otro objeto que transportar.
En cambio, algunas funciones tienen una utilidad que se entiende de inmediato: leer un texto a una persona con discapacidad visual, subtitular una conversación o identificar un ruido anómalo en una máquina. Aun así, hay que probarlas en condiciones reales. El indicador adecuado no es el número de funciones anunciadas, sino el tiempo ahorrado y la cantidad de errores evitados, sin trasladar el esfuerzo al usuario.
Autonomía: medir una jornada, no una ficha técnica
La IA integrada consume energía. Las cámaras, los micrófonos, la conexión inalámbrica y el procesamiento local exigen recursos de una batería a menudo diminuta. Trasladar los cálculos a servidores puede aliviar algunas limitaciones, pero obliga a intercambiar datos por la red y a depender de la cobertura. No existe una solución mágica: cada arquitectura redistribuye las concesiones.
En unas gafas conectadas, la autonomía en espera importa menos que la obtenida durante un paseo con navegación, fotos y preguntas por voz. En un colgante, hay que distinguir entre la escucha ocasional y la transcripción prolongada. Una medición honesta debería precisar el escenario, las funciones activas y el uso del estuche de carga. Sin esos datos, dos duraciones anunciadas no son necesariamente comparables.
La batería también plantea una cuestión de longevidad. Si pierde capacidad al cabo de varios años, ¿puede sustituirse a un coste razonable? Un dispositivo en miniatura sellado puede volverse incómodo de usar mucho antes de que su software quede obsoleto. La autonomía útil combina, por tanto, duración diaria, reparabilidad y estabilidad del rendimiento, y no solo una promesa en el momento del lanzamiento.
Privacidad: ¿quién escucha, quién conserva, quién decide?
Un asistente contextual resulta más útil cuando sabe dónde estamos, qué miramos y con quién hablamos. Eso es precisamente lo que lo hace delicado. Las gafas Ray-Ban Meta, lanzadas en 2023, ilustran esta evolución hacia interfaces que se llevan en el rostro. Su utilidad práctica no exime de plantearse qué ocurre con las personas filmadas o grabadas, que no han comprado el dispositivo.
La primera distinción tiene que ver con el lugar donde se procesan los datos. Un reconocimiento realizado en el propio dispositivo puede limitar las transferencias, sin garantizar por sí solo la privacidad. A la inversa, un servicio remoto no es automáticamente inaceptable, siempre que se especifique qué datos se envían, durante cuánto tiempo y con qué fines. La expresión «seguro» no responde a ninguna de estas preguntas.
Antes de comprar, conviene realizar cuatro comprobaciones:
- ¿Se puede desactivar físicamente el micrófono o la cámara?
- ¿Se conservan las grabaciones y se pueden eliminar fácilmente?
- ¿Su uso para mejorar los modelos se explica con claridad y se puede controlar?
- ¿Las funciones esenciales siguen disponibles sin la recopilación opcional de datos?
En un hogar, el consentimiento va más allá del titular de la cuenta. Los niños, los invitados y los profesionales que acuden a la vivienda pueden entrar en el campo de un sensor. En ese caso, un indicador luminoso visible y unos controles sencillos valen más que una extensa política de privacidad escondida en una aplicación.
Suscripción: el precio real llega después de pasar por caja
Ejecutar modelos en servidores cuesta dinero. Por ello, es plausible que los fabricantes multipliquen las suscripciones, las cuotas de uso o las ofertas prémium. Este modelo no es ilegítimo en sí mismo: un servicio que realmente se mantiene merece una remuneración. Pero transforma la compra de un objeto en un compromiso económico cuyo alcance puede cambiar.
El consumidor debe poder distinguir qué funciona gratis, qué exige un pago y qué desaparece al cancelar la suscripción. Una cámara que conserva sus funciones básicas sin suscripción no ofrece el mismo contrato implícito que un asistente que se vuelve casi inutilizable. Las fórmulas de «IA incluida» deberían especificar una duración, unos límites y las condiciones de posibles modificaciones.
El cálculo pertinente abarca varios años: precio de compra, mensualidades, accesorios imprescindibles, batería y reparaciones. También hay que examinar las opciones de salida. ¿Se pueden recuperar las notas, los historiales o los ajustes en un formato utilizable? Un dispositivo que ahorra unas pocas acciones, pero encierra los datos en un servicio propietario, puede crear una dependencia desproporcionada.
Soporte: cuando se apaga el servidor, ¿qué queda?
El caso de Humane constituye una advertencia concreta. Comercializado en 2024, su AI Pin dependía en gran medida de servicios remotos. Tras el anuncio, en febrero de 2025, de la adquisición de activos de Humane por parte de HP, esos servicios se interrumpieron a finales del mismo mes. Las funciones principales del dispositivo dejaron de funcionar: poseer el equipo no bastaba para poder seguir utilizándolo.
Esta fragilidad también afecta a las marcas consolidadas. Una estrategia cambia, un proveedor de modelos sube sus tarifas, una gama se abandona. Por tanto, hay que exigir una fecha mínima de soporte, una política de actualizaciones de seguridad y un modo de funcionamiento limitado claramente descrito. En un frigorífico pensado para durar mucho tiempo, la cuestión tiene mucho más peso que en un accesorio.
De cara a septiembre de 2026, una diferenciación creíble podría provenir de estos compromisos, más que de una nueva función espectacular. Procesamiento local cuando resulte pertinente, conservación de los controles tradicionales, datos exportables, batería sustituible: estas decisiones hacen que la innovación sea menos frágil. También permiten separar un fallo de la IA de una avería del propio objeto.
¿Y ahora qué? Los dispositivos potenciados con IA podrían encontrar su lugar haciendo menos promesas y ofreciendo más garantías. Tanto para el público como para quienes los prueban, el mejor criterio sigue siendo sencillo: ¿qué problema resuelven, durante cuánto tiempo, con qué datos y a qué coste total? Puede que el próximo avance decisivo del CES no sea un dispositivo que hable mejor, sino uno cuya utilidad sobreviva a la demostración, a la cancelación de la suscripción y a la retirada de su fabricante.


