El terreno está encontrado, los inversores están preparados y los servidores podrían llegar. Pero una pregunta lo bloquea todo: ¿cuándo estará disponible la electricidad? Con el auge de la inteligencia artificial, el centro de datos vuelve a ser una industria pesada, dependiente de las redes, los transformadores y las autorizaciones. Su ventaja competitiva ya no reside únicamente en la potencia de sus máquinas: también depende de su capacidad para alimentarlas. De cara a septiembre de 2026, esta batalla por los megavatios podría reconfigurar el mercado de la nube. Este análisis se basa en hechos constatados hasta junio de 2024; las evoluciones posteriores se presentan como perspectivas.
La computación se enfrenta a su infraestructura física
Durante mucho tiempo, el sector digital ha vendido una promesa de elasticidad: bastan unos clics para obtener más almacenamiento o capacidad de cálculo. Sin embargo, detrás de esa aparente ligereza hacen falta edificios, refrigeración y un suministro eléctrico continuo. La IA generativa acentúa esta brecha. Entrenar grandes modelos moviliza conjuntos de aceleradores; hacerlos funcionar para millones de usuarios añade un consumo recurrente, cuya magnitud depende de los usos y de la eficiencia de los sistemas.
La tendencia ya era visible en 2024. En su informe Electricity 2024, la Agencia Internacional de la Energía estimaba que el consumo eléctrico mundial de los centros de datos, la IA y las criptomonedas podría superar los 1.000 teravatios hora en 2026, frente a unos 460 en 2022. Se trataba de una proyección, con un alcance más amplio que el de la IA por sí sola, y no de un resultado confirmado. Pero apuntaba a una presión sobre las infraestructuras.
El problema no se limita al ámbito nacional. Un país puede disponer de una producción abundante sin poder suministrar de inmediato varias decenas de megavatios a una parcela concreta. Lo que cuenta es la capacidad local de la red, la disponibilidad de una subestación eléctrica, las obras necesarias y su calendario. Puede que la electricidad exista; la vía para transportarla aún está por construir.
La conexión a la red se convierte en un activo estratégico
Para un operador, una conexión garantizada transforma un proyecto inmobiliario en capacidad comercializable. Por el contrario, una fecha incierta debilita toda la cadena: reserva de equipos, financiación, contratación de personal y compromisos con los clientes. Un edificio terminado pero con un suministro insuficiente inmoviliza capital sin generar los ingresos previstos. Por tanto, el verdadero calendario del proyecto puede ser el del gestor de la red, no el del constructor.
Esta limitación ya era evidente en varios mercados europeos. En Irlanda, el regulador había adoptado ya en 2021 criterios específicos para examinar las solicitudes de conexión de los centros de datos, dados los riesgos para el sistema eléctrico. En los Países Bajos, la congestión de las redes lastraba numerosos proyectos económicos. Estas situaciones no implican una prohibición general: muestran que la capacidad eléctrica se convierte en un recurso disputado.
De aquí a septiembre de 2026, esta escasez podría reforzar a los operadores que dispongan de instalaciones con suministro eléctrico o de proyectos avanzados. Pero una capacidad anunciada no siempre equivale a una capacidad que se pueda suministrar. Para un inversor, verificar las condiciones técnicas y contractuales de la conexión se vuelve tan importante como examinar los futuros ingresos por alquiler. Las obras previas, el aumento gradual de la carga o las restricciones operativas pueden modificar la rentabilidad.
Comprar energía no basta para garantizar el suministro eléctrico
Los grandes actores del sector digital utilizan desde hace años contratos de compra de electricidad a largo plazo, conocidos habitualmente como PPA. Estos permiten, entre otras cosas, apoyar nuevas instalaciones renovables y controlar mejor una parte del riesgo de precios. Para un centro de datos destinado a funcionar durante décadas, esta previsibilidad puede tener un peso decisivo en la decisión de inversión.
Sin embargo, hay que distinguir tres cuestiones: comprar una cantidad de energía, disponer de potencia suficiente en todo momento y poder recibirla físicamente. Un contrato de energía solar no garantiza el suministro nocturno. Un acuerdo relativo a una producción situada en otro lugar no resuelve automáticamente una congestión local. Y una compensación anual mediante compras de energía renovable no significa que cada hora de funcionamiento esté descarbonizada.
El acercamiento entre el sector digital y la generación eléctrica ya era tangible en marzo de 2024, cuando AWS adquirió a Talen Energy un campus de centros de datos contiguo a la central nuclear de Susquehanna, en Pensilvania. La operación ilustraba el interés por un suministro cercano y continuo. No demostraba, sin embargo, que este modelo pudiera generalizarse: las tarifas, las reglas de acceso a la red y el reparto de los costes siguen siendo determinantes.
El nuevo mapa de ubicaciones
Por tanto, la ubicación ideal ya no es necesariamente la más próxima a un gran distrito de negocios. Para determinados entrenamientos de modelos, las empresas pueden dar prioridad a un territorio donde la electricidad esté disponible, sea competitiva y tenga una intensidad de carbono relativamente baja. La proximidad inmediata a los usuarios tiene más importancia para las aplicaciones sensibles al tiempo de respuesta. No todos los cálculos admiten la misma distancia.
Francia cuenta con argumentos a su favor gracias a su parque nuclear y a una producción eléctrica históricamente baja en carbono. Los países nórdicos pueden hacer valer su clima y sus recursos energéticos. Pero ninguna ventaja nacional exime de realizar un estudio local. La fibra, la disponibilidad de suelo, el personal cualificado, el acceso al agua cuando la refrigeración depende de ella, la fiscalidad y los requisitos de soberanía pueden alterar la posición de una ubicación en la clasificación.
Lo barato puede incluso salir caro. Una electricidad menos costosa pierde atractivo si la conexión llega demasiado tarde, si los costes de las obras se disparan o si los clientes rechazan la ubicación. De cara a 2026, las decisiones deberían centrarse así más en el coste total de una capacidad realmente operativa que en el mero precio anunciado del kilovatio hora.
La flexibilidad, próximo terreno de negociación
Ante las limitaciones de la red, los operadores pueden tratar de convertirse en mejores socios del sistema eléctrico. Algunas tareas informáticas pueden aplazarse; las baterías pueden contribuir a absorber variaciones o prestar servicios al sistema. Pero el margen no es ilimitado. Un servicio interactivo que se promete disponible en todo momento no se gestiona como un cálculo aplazable, y una batería no sustituye de forma duradera una conexión insuficiente.
La negociación también va más allá del precio. ¿Quién paga los refuerzos de la red? ¿Qué garantías evitan reservar capacidad para proyectos que no llegarán a materializarse? ¿Cómo repartir un recurso que también demandan las viviendas, el transporte y la industria? La aceptación local se convierte en un factor económico clave. La recuperación de calor puede ayudar, siempre que se encuentren usuarios cercanos y condiciones técnicas viables.
¿Y ahora qué? De aquí a septiembre de 2026, el ganador podría ser no tanto quien anuncie el mayor campus como quien suministre una potencia eléctrica fiable, en el lugar adecuado y en el momento oportuno. Las mejoras de eficiencia de los chips y los modelos podrían moderar la demanda por unidad, sin garantizar una reducción del consumo total si los usos se disparan. Tanto para las empresas clientes como para los inversores, una pregunta debería preceder a las promesas de rendimiento: ¿dispone realmente esta capacidad de cálculo de la electricidad necesaria para funcionar?


