En una fábrica, la transición energética puede adoptar la forma de un contenedor lleno de ladrillos incandescentes. Unas resistencias transforman la electricidad en calor, un aislante limita las pérdidas y, después, un circuito entrega esa energía varias horas más tarde. Nada espectacular a primera vista. Sin embargo, conservar el calor en lugar de reconvertir sistemáticamente la energía en electricidad podría cambiar la economía de determinados procesos industriales. Para orientar las decisiones de septiembre de 2026, repasamos los avances tecnológicos consolidados y las perspectivas que conviene distinguir de las promesas comerciales.
El problema: el horno no sigue el ritmo del tiempo meteorológico
Secar papel, producir vapor, calentar un baño o cocer un material: una gran parte de las necesidades energéticas industriales corresponde al calor. Todavía hoy, estos usos dependen en gran medida de la combustión de gas, carbón o derivados del petróleo. Electrificarlos parece lógico a medida que la electricidad se descarboniza. Pero una línea de producción no se detiene simplemente porque deje de soplar el viento o suba el precio de la electricidad.
El almacenamiento térmico introduce un desfase temporal. La fábrica compra o produce electricidad a determinadas horas, la convierte en calor y utiliza esa reserva según su calendario. Así puede reducir su demanda de potencia durante los periodos de mayor tensión. Su interés aumenta con una producción solar y eólica variable, sin depender exclusivamente de ella: unos contratos de suministro adecuados también pueden aportar valor a esta flexibilidad.
La distinción es esencial: una batería térmica no es necesariamente una batería eléctrica. Si lo que se busca obtener es vapor o aire caliente, entregar directamente el calor evita una conversión adicional. Por el contrario, volver a producir electricidad exige una máquina térmica u otro convertidor, con pérdidas y costes adicionales.
Tres formas de almacenar energía
Los ladrillos refractarios: sencillez a muy alta temperatura
El principio se asemeja al de un radiador de acumulación, trasladado a la industria. Unas resistencias calientan materiales sólidos capaces de soportar temperaturas elevadas. Después, el aire circula por el conjunto para transportar el calor hacia un intercambiador, un generador de vapor o, cuando el proceso lo permite, directamente hacia el uso final.
Empresas como Rondo Energy han desarrollado este enfoque; en 2023 se anunció una primera instalación comercial en el productor estadounidense de biocombustibles Calgren. Otras compañías, entre ellas Antora Energy, trabajan con bloques de carbono a muy alta temperatura. Estos desarrollos confirman una realidad industrial, pero no bastan para demostrar una rentabilidad universal ni una vida útil idéntica en todos los entornos.
Los sólidos ofrecen ventajas: materiales potencialmente abundantes, una arquitectura relativamente sencilla y la ausencia de un gran depósito de líquido a alta temperatura. Pero todo depende de los detalles: uniformidad del calentamiento, resistencia a los ciclos, dilatación, aislamiento y potencia de descarga. Una reserva que sigue caliente puede resultar insuficiente si ya no suministra el flujo térmico exigido.
Las sales fundidas: una experiencia ya adquirida en la energía solar
La energía termosolar ha proporcionado al almacenamiento mediante sales fundidas un campo de aplicación concreto. En centrales como Gemasolar, en España, el calor solar se conserva en sales y después se utiliza para producir vapor y accionar una turbina. El almacenamiento permite prolongar la producción más allá de las horas de sol.
En la industria, estas sales también pueden recibir calor producido eléctricamente. En una configuración habitual, el fluido circula entre un depósito relativamente frío y otro caliente. La tecnología cuenta con experiencia operativa, pero sus limitaciones siguen siendo importantes: solidificación si la temperatura baja demasiado, corrosión, bombeo y compatibilidad de los equipos. Las mezclas habituales de nitratos también tienen un límite de temperatura; superarlo requiere otras formulaciones y mayores precauciones.
El cambio de fase: almacenar en torno a una temperatura objetivo
Una tercera familia aprovecha el calor absorbido o liberado cuando un material cambia de estado, a menudo entre sólido y líquido. En lugar de limitarse a elevar su temperatura, se utiliza su fusión. La ventaja resulta especialmente interesante cuando el proceso requiere calor suministrado dentro de un intervalo de temperatura estrecho.
Las parafinas, los hidratos de sales, las sales o las aleaciones metálicas responden a usos diferentes. Ningún material sirve para todo. La conductividad térmica, la estabilidad tras ciclos repetidos, la contención y el comportamiento durante la solidificación condicionan el resultado. Algunos sistemas ya se comercializan, especialmente a baja o media temperatura; para las aplicaciones industriales más exigentes, la madurez depende en gran medida de la combinación de material y proceso.
La comparación adecuada no siempre es con el litio
Contraponer estas tecnologías a las baterías de iones de litio sería engañoso. Una batería eléctrica alimenta motores, sistemas de automatización o una red; una reserva térmica responde ante todo a una necesidad de calor. Para una fábrica, la verdadera elección puede estar entre una caldera de gas, una caldera eléctrica, una bomba de calor y varias formas de almacenamiento.
A temperaturas moderadas, a menudo conviene estudiar la bomba de calor antes que el calentamiento por resistencias: puede proporcionar varias unidades de calor por cada unidad de electricidad consumida al aprovechar una fuente disponible. También puede combinarse con un sistema de almacenamiento. Para temperaturas más elevadas, las resistencias y los materiales refractarios cobran relevancia, sin que ello exima de estudiar primero la recuperación del calor residual.
La rentabilidad se esconde en los horarios
El precio de los ladrillos o de la sal no determina, por sí solo, el precio del sistema. Hay que financiar las resistencias, los intercambiadores, el aislamiento, la obra civil, los equipos de seguridad y la conexión eléctrica. Cargar rápidamente una gran reserva exige una potencia considerable, a veces no disponible en la planta sin realizar obras.
Después entra en juego el perfil de operación. Unas pocas horas de electricidad muy barata no garantizan una inversión rentable: hay que utilizar la instalación lo suficiente para amortizar su coste. Las tarifas de red, la fiscalidad energética, el precio del gas y el del carbono cambian la ecuación. El criterio útil es el coste del calor realmente suministrado, a la temperatura y con la potencia requeridas.
El balance climático exige el mismo rigor. Un sistema de calentamiento eléctrico no es automáticamente bajo en carbono: todo depende de la electricidad consumida, especialmente durante las horas de carga. También cuentan las pérdidas térmicas, la fabricación de los equipos y el combustible efectivamente sustituido. Por último, los sistemas de apoyo y el mantenimiento deben permitir preservar la continuidad de la producción.
Del demostrador a la práctica industrial habitual
¿Y ahora qué? Para septiembre de 2026 y los años siguientes, la perspectiva creíble no es una sustitución generalizada de las baterías, sino una especialización de las herramientas. Las plantas con una demanda térmica regular, una conexión adecuada y electricidad descarbonizada competitiva podrían constituir los primeros mercados sólidos. El despliegue a gran escala se evaluará a partir de datos operativos verificables: disponibilidad, envejecimiento, coste de mantenimiento y ahorros reales. A veces, la mejor innovación será la que preste un servicio cotidiano —suministrar vapor a la hora prevista— sin quemar combustible.


