Un teléfono se cae, su batería se desgasta, su pantalla se agrieta: ¿es realmente necesario sustituirlo? Desde el 20 de junio de 2025, la Unión Europea intenta que esta pregunta sea menos teórica. Los nuevos requisitos de diseño ecológico y una etiqueta energética ofrecen a los compradores criterios comparables, más allá del número de megapíxeles. En septiembre de 2026, lo importante es comprender su alcance: este marco mejora las condiciones para una vida útil más larga, pero no convierte cada smartphone en un dispositivo fácil de desmontar.
Dos textos, dos instrumentos
El sistema se basa en dos reglamentos europeos aprobados en 2023. El primero, dedicado al diseño ecológico, establece requisitos mínimos para los dispositivos afectados introducidos en el mercado a partir del 20 de junio de 2025. El segundo regula el etiquetado energético de los smartphones y las tabletas de tipo pizarra. Su lógica es complementaria: excluir determinados productos insuficientemente duraderos y permitir comparar los que permanecen.
Atención a la fecha: estas obligaciones no modernizan retroactivamente todos los teléfonos ya vendidos. Un dispositivo comprado después de junio de 2025 también puede proceder de existencias introducidas en el mercado con anterioridad. El ámbito de aplicación contempla, además, exclusiones, en particular para ciertos dispositivos con pantalla principal flexible. Antes de comparar dos modelos, por tanto, hay que comprobar que ambos estén sujetos al mismo marco.
Una etiqueta que cuenta algo más que la potencia
Junto al precio, la etiqueta europea incorpora varios datos que durante mucho tiempo estuvieron dispersos entre fichas técnicas, pruebas y discursos comerciales. Combina una clase de eficiencia energética, de la A a la G, con indicadores de utilidad más directa. Un código QR remite a la base de datos pública europea EPREL, donde figura la información declarada para el modelo.
- La autonomía por carga, medida según un protocolo normalizado.
- La durabilidad de la batería, expresada en ciclos antes de caer por debajo de un umbral de capacidad.
- La resistencia a caídas repetidas, evaluada en condiciones definidas.
- La reparabilidad, clasificada de la A a la E.
- La protección frente al polvo y al agua, indicada mediante el índice IP.
Estos indicadores responden a preguntas distintas. Una excelente eficiencia energética no implica necesariamente la mejor autonomía: el tamaño de la batería también cuenta. Una buena resistencia a las caídas no garantiza que una pantalla sobreviva al impacto contra una acera irregular. Su interés es otro: disponer de una base común en lugar de comparar promesas formuladas con métodos diferentes.
Baterías: un mínimo, no una promesa de eternidad
La cifra clave es concreta: las baterías de los smartphones afectados deben conservar al menos el 80 % de su capacidad inicial después de 800 ciclos de carga. Un ciclo corresponde a una cantidad acumulada de energía equivalente a una carga completa, no necesariamente a una conexión al cargador. Dos recargas que utilicen cada una la mitad de la capacidad representan aproximadamente un ciclo.
Este mínimo ofrece una referencia para evaluar la longevidad. Sin embargo, no permite prometer una duración precisa en años. El calor, el uso intensivo, los hábitos de carga y el envejecimiento por el paso del tiempo influyen en la degradación real. Un dispositivo utilizado a diario como GPS en un coche caliente no evolucionará igual que un teléfono sometido a un uso menos exigente.
Otro matiz esencial: las normas de junio de 2025 no imponen de forma universal una batería extraíble sin herramientas. Regulan el diseño, la sustitución y el acceso a las piezas, con disposiciones y excepciones técnicas. El reglamento europeo sobre las baterías prevé otro hito en 2027 relativo a su extracción y sustitución, también sujeto a condiciones. Confundir estas fechas llevaría a creer en el regreso inmediato de las carcasas desmontables a presión.
Piezas disponibles, pero ¿para quién?
Una batería sustituible no sirve de nada si es imposible encontrar su repuesto. Por ello, el marco exige la disponibilidad de piezas esenciales durante al menos siete años después de que el modelo deje de introducirse en el mercado. Esta referencia importa: el plazo no empieza simplemente el día de su presentación. Las entregas también deben respetar plazos regulados, por lo general de cinco a diez días laborables según el período correspondiente.
Pero no todas las piezas son accesibles para las mismas personas. Algunas deben ofrecerse a los usuarios finales, mientras que otras tienen un acceso destinado a los reparadores profesionales. La información sobre reparación y las herramientas de software necesarias también están reguladas. El objetivo es limitar las situaciones en las que un componente existe, pero solo la red del fabricante puede intervenir realmente.
Queda la cuestión del precio. Una pantalla disponible a un precio cercano al valor del teléfono hace que la reparación sea jurídicamente posible y económicamente absurda. La publicación de información sobre precios mejora la transparencia, sin establecer un límite máximo universal. Para el comprador, el coste de una batería o de una pantalla sigue siendo, por tanto, un criterio tan importante como la calificación mostrada.
El software entra en la definición de durabilidad
Un smartphone puede estar físicamente intacto y volverse incómodo de usar porque su software ha dejado de recibir mantenimiento. Los requisitos europeos también regulan la disponibilidad de las actualizaciones del sistema operativo, con un horizonte de al menos cinco años después de que el modelo deje de introducirse en el mercado. Incluyen disposiciones relativas a las actualizaciones de seguridad, correctivas y funcionales.
No obstante, hay que distinguir entre soporte de software y garantía de recibir todas las novedades. Este marco no promete que cada modelo antiguo obtenga todas las funciones presentadas en su sucesor. Para elegir, conviene buscar una política explícita, una fecha de fin del soporte y un historial creíble de distribución de actualizaciones, en lugar de una fórmula vaga sobre actualizaciones «periódicas».
Una buena calificación no sustituye al presupuesto
La clase europea de reparabilidad sintetiza varios parámetros: desmontaje, fijaciones, herramientas, piezas, información y aspectos de software. Hace visibles decisiones industriales que antes eran difíciles de evaluar en una tienda. Pero un indicador agregado oculta inevitablemente diferencias: un modelo puede ser relativamente sencillo de abrir y mantener un componente cuya sustitución resulte especialmente costosa.
En la práctica, merece la pena realizar tres comprobaciones: consultar la ficha EPREL, buscar el precio de las reparaciones habituales e identificar un taller capaz de realizarlas. Para comprar un dispositivo reacondicionado, hay que añadir el estado real de la batería y las condiciones de garantía. La etiqueta describe las características del modelo, no el desgaste particular de la unidad vendida.
Un marco que debe llevarse a la práctica
El cambio industrial es sustancial: la durabilidad se convierte en una condición de acceso al mercado y en un elemento de comparación. Sin embargo, su eficacia dependerá de los controles, de la fiabilidad de las declaraciones y de la disponibilidad real de las piezas. La directiva europea sobre reparación, cuyo plazo de transposición estaba fijado para el 31 de julio de 2026, constituye un instrumento complementario; su aplicación concreta debe verificarse país por país.
¿Y ahora qué? La próxima batalla podría trasladarse al coste total de propiedad: ¿cuánto cuesta un teléfono que se conserva durante mucho tiempo, con la batería sustituida y soporte de software? Es una perspectiva, todavía no un resultado garantizado. Si los controles están a la altura y las reparaciones siguen siendo asequibles, las normas europeas pueden modificar las decisiones tanto de los fabricantes como de los compradores. El verdadero avance será poder conservar un dispositivo satisfactorio sin que su primera avería decida por nosotros.


