En un tejado repleto de chimeneas o en una central con espacio limitado, cada metro cuadrado cuenta. Ahí es donde la energía solar tándem despierta grandes expectativas: añadir al silicio una capa de perovskita para convertir más luz en electricidad, sin aumentar el tamaño de los paneles. La promesa es seria y está respaldada por rápidos avances en el laboratorio. Pero entre una célula de récord y un equipo capaz de producir durante varias décadas, aún queda un exigente recorrido industrial. De cara a septiembre de 2026, la verdadera prueba no es solo la eficiencia: es la confianza.
Este análisis se basa en los resultados científicos y los desarrollos industriales documentados hasta 2024. Las perspectivas planteadas para 2026 son proyecciones, no un balance de anuncios o prestaciones verificadas en esa fecha.
Dos materiales para repartir mejor la luz
El silicio domina la energía fotovoltaica porque combina eficiencia, estabilidad y fabricación a gran escala. Pero una célula convencional no aprovecha de forma óptima el espectro solar. En particular, parte de la energía de los fotones más energéticos acaba convertida en calor. Mejorar los procesos permite seguir avanzando, sin eliminar los límites físicos de una célula de unión única.
El tándem cambia el enfoque: superpone dos absorbentes con propiedades complementarias. Arriba, una perovskita capta parte de la luz visible, en particular los fotones más energéticos. Debajo, el silicio aprovecha mejor las longitudes de onda que atraviesan esa primera capa. El espectro se reparte mejor y, por tanto, puede aprovecharse más.
«Perovskita» designa aquí una estructura cristalina, no un material único. Las composiciones estudiadas para la energía fotovoltaica suelen ser haluros metálicos, a menudo basados en plomo. Su interés reside, entre otras cosas, en una propiedad valiosa: su banda prohibida, que determina qué energías de la luz absorben, puede ajustarse mediante su composición.
Récords impresionantes, pero aún no una factura eléctrica
En 2024, las células tándem de perovskita y silicio ya habían superado el 34 % de eficiencia certificada en laboratorio. Este nivel supera las prestaciones de las mejores células de silicio solo y demuestra que el apilamiento funciona. El avance resulta aún más notable porque esta tecnología es joven frente a las décadas de desarrollo del silicio.
Conviene, no obstante, tener presente qué mide un récord. Se refiere a una célula, una superficie determinada y unas condiciones normalizadas. Un módulo comercial integra interconexiones, bordes, vidrio y distintos materiales de protección. Estos elementos provocan pérdidas. En superficies grandes se añaden las dificultades de uniformidad: una zona con una deposición defectuosa puede perjudicar al conjunto.
El indicador definitivo sigue siendo la electricidad producida durante toda la vida útil del panel. Una mayor eficiencia inicial no garantiza una mejor inversión si la potencia disminuye demasiado deprisa. También importan la temperatura, el sombreado, el espectro luminoso y el comportamiento eléctrico de las dos subcélulas. En las arquitecturas de dos terminales, su conexión en serie exige, en particular, equilibrar bien sus corrientes.
El sol también es una prueba de resistencia
La paradoja de las perovskitas es sencilla: deben durar bajo las mismas condiciones exigentes que les permiten producir. La luz intensa, el calor y la tensión eléctrica pueden favorecer transformaciones internas. La humedad y el oxígeno son otros enemigos. Según las composiciones y las interfaces, los iones se desplazan, aparecen defectos y las prestaciones se deterioran.
Para algunas perovskitas de banda prohibida ancha utilizadas en tándem, la separación de fases bajo iluminación supone una dificultad adicional. La composición local puede cambiar y modificar las propiedades ópticas y eléctricas. Por ello, los investigadores trabajan tanto en la química del material como en la pasivación de defectos y en las capas que extraen las cargas.
El encapsulado es esencial, pero no es una varita mágica. Debe limitar las infiltraciones sin debilitar el apilamiento, resistir los ciclos térmicos y seguir siendo compatible con los procesos industriales. Los bordes, las juntas y las interfaces pasan a ser tan importantes como la capa activa. Un material excelente mal protegido no hace un buen panel.
Lo que los ensayos acelerados no revelan por sí solos
Los ensayos de calor húmedo, ciclos térmicos o exposición a la luz permiten comparar soluciones y eliminar determinadas debilidades. Superar una cualificación conforme a las normas fotovoltaicas es un paso necesario. Eso no demuestra automáticamente una vida útil de veinticinco o treinta años, sobre todo en una tecnología cuyos mecanismos de envejecimiento son diferentes.
Es necesario combinar ensayos acelerados, comprensión física y mediciones prolongadas al aire libre. Un clima cálido y seco no somete a un panel a las mismas exigencias que una región húmeda o expuesta a heladas. Para los compradores, la pregunta se vuelve concreta: ¿qué pérdidas se observan, en qué condiciones y quién asumirá económicamente una degradación excesiva?
Fabricar millones de veces la misma célula de calidad
Depositar una capa de perovskita sobre una superficie pequeña es una cosa; reproducirla rápidamente sobre células industriales es otra. El espesor, la cristalización, la pureza y la ausencia de defectos deben mantenerse bajo control. Las superficies texturizadas del silicio, útiles para atrapar la luz, complican aún más la obtención de un recubrimiento homogéneo.
Coexisten varias vías: deposición en solución, procesos al vacío o enfoques híbridos. Cada una exige compromisos entre ritmo de producción, consumo de material, control de las capas e inversión. Los disolventes, su recuperación y la seguridad de los operarios también entran en la ecuación. Una fórmula eficaz en el laboratorio no es necesariamente adecuada para una línea continua.
En 2024, empresas como Oxford PV ya habían iniciado la industrialización del tándem de perovskita y silicio. Estas iniciativas dan una realidad manufacturera al concepto, sin demostrar por sí solas su competitividad a muy gran escala. El rendimiento de fabricación —la proporción de productos conformes— será tan decisivo como la eficiencia eléctrica.
Una innovación frente a un silicio sumamente competitivo
El tándem no compite con una tecnología inmóvil. Las células de silicio avanzan, en particular con las arquitecturas TOPCon y de heterounión. Sobre todo, su industria cuenta con equipos amortizados, cadenas logísticas consolidadas y volúmenes considerables. La presión sobre los precios de los módulos dificulta justificar cualquier sobrecoste.
Por ello, el tándem podría convencer primero allí donde el espacio es caro: tejados con limitaciones, edificios comerciales o proyectos restringidos por la superficie disponible. Una mayor potencia por panel puede reducir algunos costes de estructura, cableado o instalación para una misma potencia instalada. Pero ese beneficio deberá compensar el precio adicional y las incertidumbres sobre el envejecimiento.
El plomo añade una exigencia medioambiental. El riesgo depende, en particular, de su confinamiento y de su posible dispersión tras una rotura. El producto debe ir acompañado de capas capaces de retenerlo, procedimientos de recogida y un reciclaje adecuado. Prometer electricidad baja en carbono no exime de organizar la gestión de los materiales al final de su vida útil.
¿Y ahora qué? Para 2026 y los años siguientes, el escenario creíble es el de un despliegue progresivo, más que el de una sustitución repentina del silicio. Las pruebas decisivas serán módulos reproducibles, datos de campo transparentes, garantías sólidas y una producción económicamente viable. El tándem posee una ventaja física real. Le corresponde demostrar que esa ventaja sobrevive a la fábrica, a las estaciones y al paso de los años.


