Una etapa de cohete abandonada gira sobre sí misma, sin motor ni interlocutor a bordo. Para retirarla, otra nave debe alcanzarla, comprender sus movimientos, sujetarla y después organizar su caída sin provocar una colisión. Esta es la paradoja de la limpieza orbital: hay que acercarse voluntariamente a aquello que todos los operadores intentan evitar. Astroscale y ClearSpace afrontan esta delicada maniobra. Sus proyectos muestran por qué librar al espacio de sus residuos es tanto una cuestión de robótica como de derecho y dinero.
Desde esta perspectiva de septiembre de 2026, los hitos que se presentan a continuación son acontecimientos constatados y fechados explícitamente. Los desarrollos previstos a partir de entonces corresponden al análisis prospectivo, no a resultados de misiones que se den por logrados.
Un vertedero sin fronteras, pero no sin propietarios
En la órbita baja, los objetos se desplazan a varios kilómetros por segundo. Una colisión puede transformar dos masas identificables en una multitud de fragmentos, algunos de los cuales serán demasiado pequeños para seguirlos regularmente desde tierra, pero lo bastante rápidos para dañar un satélite. Por tanto, el problema no se limita a los aparatos lanzados recientemente: las antiguas etapas de cohetes y los satélites fuera de servicio constituyen un legado incómodo.
Recogerlo todo sería inviable. Las estrategias de retirada activa se centran más bien en objetos cuya masa, órbita y probabilidad de colisión los convierten en fuentes potenciales de nuevos residuos. Retirar un objeto grande de riesgo puede resultar más útil que perseguir una nube de pequeños fragmentos. Aun así, es necesario elegir un objetivo accesible y obtener el consentimiento necesario para intervenir.
Astroscale: aprender a acercarse antes de capturar
La empresa japonesa Astroscale dio un paso adelante con ELSA-d, lanzado en 2021. Este demostrador combinaba un satélite de servicio y un pequeño objetivo equipado con una placa de acoplamiento magnético. Las operaciones de separación y recaptura permitieron probar el principio. Pero ese objetivo estaba preparado para el ejercicio: no reproducía toda la dificultad que plantea un auténtico residuo acumulado en el pasado.
Ese es precisamente el interés de ADRAS-J, lanzado en febrero de 2024 en el marco de un programa de la agencia espacial japonesa, JAXA. Su misión consistía en alcanzar e inspeccionar una etapa superior de un cohete H-IIA abandonada en órbita. Las imágenes obtenidas en 2024 mostraron un objeto real, no cooperativo, observado de cerca. ADRAS-J era una misión de inspección, no una operación de captura. La distinción es esencial para medir los avances sin convertir un reconocimiento en una limpieza ya realizada.
Esta inspección aporta lo que ningún expediente antiguo de fabricación puede garantizar: el estado actual del objetivo. Años de radiación, ciclos térmicos e impactos pueden modificar sus superficies y sus equipos. Antes de elegir dónde sujetar un objeto, hay que saber cómo gira, qué estructuras siguen siendo sólidas y qué partes podrían desprenderse.
ClearSpace: el desafío del abrazo robótico
ClearSpace, empresa surgida del ecosistema suizo, ilustra otro enfoque. El proyecto ClearSpace-1, contratado por la Agencia Espacial Europea en 2020, preveía inicialmente capturar con cuatro brazos robóticos un adaptador de lanzamiento Vespa que quedó en órbita tras un vuelo Vega de 2013. A diferencia de un objetivo equipado para el acoplamiento, este objeto no había sido diseñado para ser recuperado.
En 2023, la detección de fragmentos cerca de este objetivo inicial, después de lo que parecía haber sido un impacto, puso de manifiesto una dura limitación: el entorno puede cambiar mientras se prepara una misión. Un objetivo elegido años antes debe volver a evaluarse. Los calendarios, las configuraciones e incluso los objetos seleccionados pueden cambiar; el concepto de captura no debe confundirse con un servicio ya disponible bajo demanda.
Capturar es solo la mitad del trabajo
Sincronizarse con un objetivo mudo
Un satélite activo transmite su posición y puede facilitar un encuentro. Un residuo no proporciona nada. El vehículo de captura debe estimar su trayectoria y su rotación mediante sus sensores, pese a las sombras, los reflejos y la ausencia de referencias familiares. A corta distancia, el pilotaje debe incorporar mecanismos de evasión: un error puede crear los fragmentos que la misión debía evitar.
El propio contacto cambia toda la dinámica. Un brazo que se enganche a una estructura frágil puede romperla; un agarre descentrado puede arrastrar al vehículo de captura en la rotación de su objetivo. Hay que absorber los esfuerzos, estabilizar el conjunto y conservar suficiente combustible para lo que viene después. Redes, arpones, pinzas o interfaces magnéticas responden a determinadas situaciones, sin constituir una solución universal.
Organizar una salida segura
Una vez capturado el objeto, hay que reducir la altura de su órbita o realizar una reentrada controlada, según su masa y los riesgos en tierra. No todo se consume necesariamente en la atmósfera. La misión también debe prever su propio fracaso: un vehículo de asistencia inmovilizado junto a un objeto abandonado añadiría dos problemas en lugar de resolver uno. Esta exigencia de seguridad encarece cada etapa.
El derecho espacial no contempla el contenedor público
Un satélite abandonado no es jurídicamente una cosa sin dueño. El Tratado del Espacio mantiene los derechos de propiedad sobre los objetos espaciales; el Estado de registro conserva la jurisdicción y el control. Por tanto, un operador no puede decidir por sí solo retirar la nave de otro país. Las autorizaciones, el consentimiento del propietario y la coordinación entre Estados pasan a formar parte de la misión.
¿Quién asume las consecuencias si la captura provoca una colisión con un tercer satélite? El régimen internacional de responsabilidad distingue, en particular, los daños en el espacio de los causados en la superficie terrestre. Los contratos deben repartir riesgos, seguros y obligaciones, sin eliminar las responsabilidades estatales. A ello se suma una dimensión estratégica sensible: una tecnología capaz de capturar un objeto abandonado también podría acercarse a un satélite operativo.
¿Quién pagará por una órbita más segura?
La retirada produce un beneficio colectivo, pero la factura recae en un actor concreto. El propietario de un satélite inactivo ya no obtiene ingresos de él; sin embargo, sus competidores también se beneficiarían de un entorno menos peligroso. Por eso, los contratos públicos desempeñan un papel impulsor: financian el aprendizaje técnico y permiten definir qué debe garantizar realmente un servicio de retirada.
Podría desarrollarse un mercado en torno a contratos firmados antes del lanzamiento, seguros o exigencias normativas. No obstante, no hay que dar por sentada su rentabilidad. Alcanzar varios residuos exige cambios de órbita con un elevado coste energético; un mismo vehículo no puede encadenar fácilmente recogidas dispersas. La proximidad orbital importa tanto como el número de objetos disponibles.
Prevenir sigue siendo menos acrobático que recuperar
Por tanto, la prioridad también consiste en dejar de generar objetos abandonados: reservar combustible para el final de la misión, hacer más fiable la desorbitación, vaciar los depósitos y descargar las baterías para limitar las explosiones. Unas interfaces de captura estandarizadas facilitarían una asistencia posterior. La norma estadounidense adoptada en 2022 por la FCC, que impone dentro de su ámbito de aplicación la retirada en un plazo de cinco años tras finalizar la misión en órbita baja, refleja esta presión creciente.
¿Y ahora qué? El escenario creíble no es el de una flota de recolectores de basura limpiando de inmediato el cielo. Es un avance mediante inspecciones, capturas selectivas y contratos replicables, acompañado de reglas más exigentes desde el diseño. Astroscale y ClearSpace podrían contribuir a transformar estas demostraciones en servicios. Su éxito se medirá tanto por los objetos retirados como por su capacidad para convertir los residuos orbitales en una excepción, en lugar de una consecuencia normal del lanzamiento.


