En un centro de datos, la inteligencia artificial también se reconoce por el calor que genera. Aceleradores muy juntos en sus bastidores, cálculos intensivos, un calor que hay que evacuar sin interrupción: mover cada vez más aire ya no basta en todas partes. Por eso, el líquido se acerca a los chips. Pero esta evolución no consiste en sustituir un ventilador por una tubería. Obliga a replantear el edificio, su suministro eléctrico, sus recursos hídricos y sus vínculos con el territorio. Para comprender este reto de cara a septiembre de 2026, hay que distinguir los avances ya documentados de las perspectivas de despliegue.
La IA concentra el calor, no solo los cálculos
El problema no es únicamente el consumo total de un centro de datos. También lo es su concentración. Una infraestructura puede disponer de suficiente electricidad y capacidad frigorífica global y, aun así, ser incapaz de refrigerar una fila de servidores especialmente densa. El entrenamiento de grandes modelos, pero también algunos servicios de inferencia, reúne aceleradores potentes que desprenden mucho calor en superficies reducidas.
Sin embargo, la refrigeración por aire no tiene nada de obsoleta. Contención de los pasillos fríos y calientes, circulación mejor controlada, uso del aire exterior cuando el clima lo permite: los operadores siguen disponiendo de medidas eficaces. Pero, en las configuraciones más densas, mover suficiente aire requiere más energía y espacio. Los propios ventiladores consumen energía, mientras que los puntos calientes resultan más difíciles de controlar.
En marzo de 2024 ya había una señal visible en la industria: Nvidia presentaba su sistema GB200 NVL72, una arquitectura a escala de bastidor diseñada con refrigeración líquida. Eso no significa que todos los servidores deban seguir este modelo. Sí demuestra, en cambio, que, para determinadas plataformas de IA, el sistema térmico se convierte en un requisito de diseño, y no en un equipo añadido a posteriori.
Dos vías principales, varios compromisos
Llevar el líquido hasta el contacto térmico con los chips
La solución denominada direct-to-chip utiliza placas frías fijadas sobre los componentes más calientes. Un fluido circula por ellas y transporta el calor hacia un intercambiador. Una unidad de distribución, a menudo denominada CDU, sirve de interfaz entre el circuito de los equipos informáticos y el del edificio. Según la arquitectura, parte de los componentes sigue refrigerándose por aire.
Este enfoque permite una transición progresiva, pero exige una instalación de tuberías de precisión: conexiones, control de caudales, detección de fugas y calidad del fluido. También obliga a comprobar la compatibilidad de los materiales y los procedimientos de mantenimiento. Una conexión fácil de manipular en una demostración debe seguir siendo fiable tras años de funcionamiento e intervenciones repetidas.
Sumergir los equipos
La inmersión lleva esta lógica más lejos: los equipos se sumergen en un fluido dieléctrico, es decir, un aislante eléctrico. Según la tecnología, este permanece líquido o cambia de fase. La ventaja térmica es real, pero el cambio operativo es importante: depósitos específicos, una manipulación diferente, compatibilidad de los componentes, garantías que hay que verificar y gestión del fluido al final de su vida útil.
Las puertas traseras equipadas con intercambiadores constituyen otra opción, especialmente para interceptar el calor que sale de los bastidores. Ninguna técnica se impone automáticamente en todos los criterios. La potencia de los equipos, el edificio existente, las competencias disponibles y la facilidad de reparación cuentan tanto como el rendimiento térmico anunciado.
Refrigeración líquida no significa despilfarro de agua
El malentendido procede del vocabulario. Hacer circular un líquido cerca de los chips no implica necesariamente consumir agua de forma continua. Un circuito cerrado puede funcionar con pocas reposiciones. El consumo depende sobre todo de cómo se disipa finalmente el calor: torres evaporativas, equipos secos que utilizan el aire exterior, unidades frigoríficas o una combinación de varios sistemas.
Encontrar el equilibrio resulta a veces incómodo. La evaporación puede limitar las necesidades eléctricas, pero consume agua. Un sistema seco reduce ese consumo directo, aunque puede requerir más electricidad durante los periodos de calor intenso. A ello se suma el agua que eventualmente se utiliza para producir electricidad: trasladar un consumo fuera de las instalaciones no hace necesariamente que desaparezca.
Por tanto, hay que analizar conjuntamente la eficiencia energética, el uso del agua y el contexto local. El PUE compara la energía total de las instalaciones con la de los equipos informáticos; el WUE relaciona el uso del agua con esa actividad dentro de un perímetro que debe precisarse. Ninguno de estos indicadores basta por sí solo. Un litro consumido en una cuenca sometida a estrés hídrico no tiene las mismas consecuencias que en otro lugar, especialmente en periodos de sequía.
Recuperar el calor: una cuestión de proximidad
El líquido ofrece otra ventaja: puede captar el calor a una temperatura más elevada y más aprovechable que un flujo de aire diluido. Alimentar una red de calor, calentar un edificio vecino o precalentar agua se vuelve entonces una posibilidad. Ya existían proyectos de recuperación antes de la actual ola de la IA, especialmente en el norte de Europa.
Pero el calor disponible no es automáticamente calor útil. Hace falta un usuario lo bastante cercano, tuberías, un acuerdo comercial y, a menudo, una bomba de calor para alcanzar la temperatura requerida. Esta última consume electricidad. El desfase estacional también cuenta: los servidores trabajan en verano, cuando disminuyen las necesidades de calefacción.
La innovación también consiste, por tanto, en conectar dos infraestructuras. Una administración local, un operador de red y un operador informático deben ponerse de acuerdo sobre las temperaturas, las posibles interrupciones y la financiación. Prometer una recuperación futura no sustituye a contar con un destino identificado para ese calor. La elección del terreno puede pesar tanto como la de la placa fría.
El verdadero reto es industrial
Para las instalaciones existentes, la dificultad consiste en transformarlas sin interrumpir su funcionamiento. Instalar conducciones, reforzar determinadas zonas, añadir intercambiadores y formar a los equipos requiere una planificación minuciosa. Muchos operadores podrían optar por espacios híbridos: líquido para los bastidores densos y aire para las cargas convencionales. Esta coexistencia parece más plausible que una conversión uniforme a corto plazo.
Las compras también cambian. Comparar únicamente el precio de los servidores oculta el coste de las bombas, la distribución hidráulica, el mantenimiento y las adaptaciones de los edificios. Por el contrario, una infraestructura térmica bien dimensionada puede facilitar la incorporación de las siguientes generaciones de hardware. La modularidad y la interoperabilidad se convierten así en cuestiones concretas para evitar una dependencia excesiva de un proveedor.
¿Y ahora qué? De cara a septiembre de 2026, la perspectiva más sólida no es la de un abandono generalizado del aire, sino la de un avance del líquido allí donde la densidad lo justifique. Su éxito deberá medirse a escala del sistema: energía realmente ahorrada, agua preservada localmente, fiabilidad mantenida y calor efectivamente suministrado. La próxima innovación decisiva podría ser menos espectacular que un nuevo chip: un centro de datos diseñado desde el principio para funcionar con su entorno.


